Nunca confíes en un bebé. ¡NUNCA!

De las primeras cosas que te dicen, en el doctor, en algún curso prenatal que hayas tomado, o tu mamá o abuelita cien veces es “nunca dejes sólo a tu bebé… siempre ponle una mano cuando esté en el cambiador… es cosa de un instante que se te puede caer”. Bueno, con todas las precauciones que he tomado, casi, casi, mi hijo azota como recesita.

¿Qué pasó?

Era una mañana cualquiera que estábamos mi esposa y yo comenzando el día… por ahí de las 6:58am. Para que mi esposa durmiera 4 minutos más (lo cuál es una bendición), me llevé al chicuelo a su cuarto (esto era cuando los gemelos todavía dormían con nosotros) para cambiarle el pañal gelatinoso de toda la noche y darle su medicina para el reflujo.

Lo tenía en el cambiador, todo felizote él y echando sonrisa matutina. Le cambié el pañal, le di su medicina como si fuera el mejor helado de chocolate (le encanta) y ya con su pijama cerrada y listo para desayunar lo levanté para regresar al cuarto.

Ya desde hace tiempo, par de semanas o más, ya balanceaba bien su cabeza y su torso, ya lo podía cargar sentadito en mi antebrazo sin ningún problema. Pues bueno, lo tenía sentadito en mi antebrazo y en la otra mano tenía la jeringa sucia y el vasito donde revolvemos la medicina (todo un pedo dar medicinas a bebés). Me agaché un poco para apagar la lámpara del cuarto cuando se le ocurrió, así de la nada, voltear más hacia atrás su cabecita y con ella todo su cuerpo. Dejándose ir para atrás como si hubiera un clon mío cerca que estaba listo para cacharlo.

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jajajajaja

Ni las novelas de univision tienen cliff hangers así de buenos.

Así como el chicuelo se aventó para atrás, como instinto, sin media neurona pensando, levanté ese mismo brazo como para agarrarlo pero lo único que hice fue darle todavía más impulso a su aventada. Se elevó y dio una vuelta completa en el aire de piernitas al techo. Una milésima de segundo después, mi segundo instinto paternal, con una media neurona presente, jaló mi brazo otra vez para agarrarlo y gracias al dios todo poderoso que no se quedó jetón esa mañana, agarré al chicuelo de la cintura, prensándolo entre mi brazo y mi pecho, y de cabeza para arriba, un full 360.

Obviamente se me fue la sangre a los pies y algo más al calzón. El chicuelo se quedó quietecito y con cara de “what tha f@&k acaba de pasar”, empezó a llorar.

Con el corazón a mil por hora (suena como canción de timbiriche o algo así), lo tranquilicé, dejé la jeringa en la cocina y me lo llevé a desayunar con su mamá. La neta me esperé a que se calmara completamente para no asustar a mi esposa y ya cuando le estaba dando de comer y vi que estaba bien y sus reacciones eran las normales, le dije a mi esposa lo que pasó y me fui a cambiar de calzones.

Hice un gráfico sencillo por si te dio flojera leer el post o quieres vivir el drama visualmente.

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Moraleja. En serio, neto, por favor, nunca confíes en los bebés. Como cuando tu mamá te decía de chiquito que no hables con extraños o tomes dulces de gente que no conoces, bueno, tu bebé es ese extraño de mirada pedófila, NO CONFÍES EN ÉL/ELLA. Por más bien que se sienten o se queden quietecitos, en cualquier momento les puede entrar la chiripiolca y hacer de las suyas. Hay muchas historias y leyendas por ahí de bebés que se caen porque los papás no están echando bien el ojo y neto, neto, no quieres que te pase a ti. Yo tuve un friego de suerte y lo peor que pasó fue un gran susto para los dos y que tal vez el chicuelo sea el próximo Evil Knievel y su mamá no lo deje perseguir sus sueños aventureros.

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