Mi hijo es un guerrero.

Ningún papa quiere que le pase nada a su hijo, desde un simple golpecito en la frente hasta algo más grave. Algunos de nosotros estamos detrás de ellos para cacharlos, o evitar que se peguen, más en mi caso con gemelos hay que tener cuatro ojos y brazos elásticos.

Esta semana mi hijo se tropezó, como a veces se tropieza, solo que esta vez fue en el kínder y cerca de un lavabo, extremadamente cerca. La maestra le habló a mi esposa que se había pegado en el ojito, que estaba bien, pero que tal vez necesitaba suturas… WHAT??? Qué es tal vez necesita suturas??? Como papá (y mamá más) te imaginas lo peor, una herida de esas de película y chorros de sangre como en Kill Bill. Llegó mi esposa al kínder y pues sí, sí estaba golpeado y con costra en el ojito. Como en el pediatra no suturan a niños tan chiquitos (de casi dos añotes los gordos), nos lanzamos a emergencias donde lo pudieron evaluar, limpiar la herida y hacer que su papá y mamá casi se desmayen cuando la pielecita del párpado se abría en dos.

Así es, le tuvieron que poner suturas, cuatro para ser exactos. Como la herida estaba tan cerca del ojo no podían usar ese pegamento médico nuevo que cierra las heridas sin necesidad de suturas. Es como el Resistol 850 pero bueno para la salud y no tóxico. En lo que esperábamos al doctor, la enfermera puso Moana en la tele del cuartito mientras hacía llorar mi hijo con tan solo tomarle la temperatura y el oxígeno en sangre (no es muy fan de doctores extraños). Le dieron una medicina tomada para calmar la ansiedad, pero no quitar el dolor y después de unos 15 minutos llegó el doctor con su charolita de metal y empezó a desempacar y organizar sus jeringas, gazas e hilitos absorbentes. Acostado en la camita, envuelto en una sábana y apapachado y agarrado por sus papás, el doctor le inyectó anestesia local y llanto tras llanto le puso las cuatro suturas.

Así como acabó el doctor, el gordo fue a los brazos de mamá para seguir apuntando a la tele y aplaudir cuando Moana regresó sana y salva a su isla tropical.

Los niños son unos guerreros y el mío además un campeón. Cuando están chiquitos no entienden muy bien dónde están, qué les van a hacer y solo ven a una persona desconocida en pijamas azules que resulta les va a hacer algo que les va a doler, pero ahí siguen, luchando y aguantando. A comparación de los adultos, los niños no le meten la vuelta psicológica a sus golpes o heridas. Es el dolor, es lo que es y siguen con sus vueltas de carro y juegos. Mientras nosotros nos hacemos las víctimas y le echamos triple crema a nuestros tacos para presumirles a nuestros amigos nuestros golpes o huesos rotos para que vean lo fuertes que somos. La próxima vez que me pase algo digno de presumir me voy a comportar más como mi hijo y voy a sacar mi guerrero juguetón que traigo dentro. A menos que me abra la ceja como él, eso sí es digno de pedir apapachos dobles a mi esposa y un par de días libres en el trabajo.