La primera visita al dentista de los gemelos

Esta semana llevamos a los gemelos a su primera cita con el dentista, y no, no fue coincidencia que fuera cerca de Halloween. El miedo y lágrimas fueron punto y aparte.

Obviamente ellos no sabían a lo que iban, mi esposa y yo les explicamos en antes de ir que íbamos a ir al doctor a que les vean los dientes y que tenían que abrir la boca aaaaaaaaahhhhsí

En nuestro plan ideal estaba ir a la biblioteca pública y leerles un libro de un niño feliz yendo al dentista (porque seguro hay más de uno), pero ya no nos dio tiempo y la preparación psicológica tuvo que ser en cliff notes.

Yo estaba más nervioso por ellos, digamos que ir al dentista de chiquito no era mi actividad favorita, ni la del dentista. Esos días se resumían en mi mamá sacándome a rastras de la casa (no confirmado con una escoba) para llegar al dentista llorando, corría al baño para aprovechar mis últimos minutos de libertad y liberar una diarrea espontánea. Luego me recostaba en la silla del dentista y de vez en cuando tapaba el aspirador bucal con la comida que se me regresaba. ¡Fun times!

Los gordos están muy chiquitos para semejantes experiencias, por eso les cepillamos los dientes todos los días y tiernamente les recuerdo que si no se los lavan el ratón del diente va a venir y va a llamar al dentista para que los haga llorar. Es una técnica que siempre funciona.

Llegamos al consultorio y se sentía una paz que ni en un spa con tema oriental. Todas las personas que vimos eran personas felices, tiernas y amables, desde la recepcionista ofreciendo café y té, hasta la asistente que les infló globos a los gordos, y de los colores que pidieron. Había juguetes en casi cada esquina del consultorio, había peluches en mesas y colgados de lámparas, hasta en el cuartito de consulta había un cocodrilo con dentadura de humano (chimuelo por cierto).

Después de una larga media hora de escuchar consejos de higiene bucal de la asistente de limpieza, ese cocodrilo chimuelo fue el conejillo de indias para enseñarle a los gordos lo que les iban a hacer y que el cocodrilo estaba contento todo el tiempo. Obvio, ese guey vive ahí, está preso y su única escapatoria es un niño que lo saque de ese cuartito por accidente solo para ser regresado a su estante y esperar a la siguiente lección de cepillamiento de dientes. Mi hija fue primero, generalmente ella es primero en estas cosas de doctores, así le enseña a su hermanito que no pasa nada y se le quita el miedo. Como los gordos están muy pequeños no hay silla mecánica de Sweeney Todd, sino que mi esposa y yo nos turnamos en tocarnos las rodillas con la higienista, mientras uno de los gordos se acostaba en un colchoncito sobre nuestras piernas. Así todos teníamos primera fila en la acción.

Después de dos pacientes muy valientes y un cocodrilo medio difícil, acabamos, la primera parte. Ahora era esperar al dentista para repetir la nada agradable experiencia de abrir las boquitas y decir aaaaahhhhhh (esta vez con instrumentos de metal, dedos y flúor). Pero la verdad, les fue muy bien y se portaron mejor que su papá, cuando era chico y de adulto.

Y listo, así como llegamos, así como salimos, una hora y media más tarde. Estoy seguro que el par de lagrimitas que sacaron valieron la pena, digo, salieron con globos, patitos de hule, cepillos de dientes nuevos y un regalo sorpresa que abrimos en la casa y resultó ser un termo Yeti de imitación. Ah, y claro, una sonrisa colgate que presumieron en el kinder y que sinceramente, no tiene precio.

¡Nos vemos en seis meses pequeños!