Consejo #cheeri000s

Guarda Cheerios u otro cereal favorito en el baño.

Potty training, las dos palabras que más miedo me daban después de “estoy embarazada”. Esto del potty training merece su propio post, y pronto vendrá. Pero con cuatitos la cosa se pone más interesante, y más para un papá primerizo como tu servidor.

¿Las niñas? Las niñas las sientas en el escusado, bacinica o dónde quieras y punto, todo sale en una sola posición. ¿Los niños? Los niños también pueden hacer todo sentados, solo hay que recordarles y enseñarles cómo hacer el pene para abajo, con un solo dedito para no orinarse en la palma de la mano. La otra técnica, y una que probablemente quiera intentar viendo a su padre hacer pipí, es parado. Si ya de por sí sentado es una tarea de balance y cálculo trigonométrico nivel universidad, parado es nivel doctorado. Ahí entra el cereal.

Una amiga le dijo a mi esposa que los Cheerios sirven para más que para alimentar a un niño y a hormigas debajo de sillones. También sirven para practicar puntería. Porque dejar a un niño orinar solito en potty training es como dejar a tu amigo borracho orinar solo en un estadio, cuando su equipo ganó, en el último minuto. Cae pipí en todos lados menos en donde debe. Mi hijo come Cheerios y pues Cheerios fue el cereal que escogimos, aunque a veces pide Quaker Squares y hay que ir a la cocina corriendo por Quaker Squares. Cuando lo llevamos a hacer pipí, y quiere hacer parado, hasta él va todo emocionado al baño. A veces más por echar los Cheerios al agua que por hacer pipí. Solo cuidado con lo que escoges tú y tu hijo, no vayas luego a echar waffles o quesadillas al escusado. Mantente dentro del pasillo de cereales.

¿Funciona? Pues ahí vamos. La plataforma de aterrizaje ya está lista, ahora lo complicado es manejar el cohetito con dos dedos y no toda la mano. También hay que poner la presión suficiente para que deje fluir bien el chorrito y no se haga como manguera pisada. Digamos que ya vamos en la tercera caja de Cheerios, más las que compramos para desayunar.

La primera clase de natación de los gemelos

Los gemelos llevan ya una semana en clase de natación, y al contrario de mis expectativas todavía no saben nadar, apenas se dan un chapuzón para salir del agua todos asustados, como venado iluminado con tus luces altas del coche. Ni el intento de clavado de bomba ha habido.

Más que clase de natación, es clase de música, con juguetes, y en el agua. Pero a los gordos les encanta. Como tal perro Labrador, mis hijos cuando ven agua, se avientan y quieren jugar y chapotear en ella. Ya habían experimentado varias veces meterse a la alberca con nosotros, yo funcionaba como catapulta de bebés y los flotis eran la peor tortura china para ellos. Nunca se han sentido cómodos con algo inflado y grande alrededor de ellos en el agua, a menos que sean mis fornidos bíceps claro.

La clase para niños de 2 a 3 años dura 30 minutos, de los cuáles 5 se pasan cantando para saludar a cada niño que vino a nadar, 12 en jugar con juguetes de agua, 2 en patalear, 3 en la maestra escupiéndoles agua en la cara con un juguete, 3 en aventarlos y 4 en acarrear a los papás con niños en brazos por la alberca para que hagan caso. Ha sido todo un éxito.

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Unas palabras de lo que para mi significa ser papá.

Un día mi amigo del mundo bloguero digital de papás, Miguel de Papaimexicano, me contactó via instagram para que le escriba unas palabras de lo que es para mí ser papá para su serie “Papás por el mundo”. Fueron publicadas en su blog, y pues sin mucha anticipación aquí se las comparto a ustedes. Enjoy!

 

Un día del 2017:

Papaimexicano, y papais de todo el mundo, la paternidad para mi es como una montaña rusa, y déjenme les digo, nunca fui fanático de las montañas rusas.

Nunca fui de esos niños, adolescentes o ya adultos “maduros” que van a la feria y lo primero y último que quieren hacer es subirse a la montaña rusa. Digamos que me gustan, pero me asustan. Me da ansiedad hacer la fila eterna y el preámbulo a subirme, pero ya arriba la adrenalina y la emoción toman el control y disfruto cada vuelta.

Cuando mi esposa me dijo que estábamos embarazados, fue como dar el primer paso y formarme en esa cola junto a los metales retorcidos y carritos corriendo a gran velocidad muy cerca de mi. La emoción y expectativa de que en cuestión de poco tiempo me iba a convertir en papá y me iba a subir al viaje más emocionante de mi vida había comenzado. De entre las posibilidades que teníamos durante el embarazo cabían: ser papá de un niño o de una niña, nada nos preparó para la noticia que dos bebés se habían subido al cochecito por una promoción de 2 por 1. La fila en la que estaba formado se llenó un poco más de gente, de estrés y de doble felicidad. La montaña rusa dejó de ser la clásica de madera y se hizo una de Superman, de esas que vas acostado, de cabeza, al revés y das vueltas y vueltas en todas direcciones. ¡El viaje se puso bueno!

Los días y semanas pasaban mientras veía la panza de mi esposa crecer y a la par mis amigos pasando a gran velocidad, subidos en la montaña rusa a mi lado, mientras yo trataba de aprender, escuchar y tomar cualquier nota de la increíble locura que ellos ya estaban viviendo. Nacieron los gemelos, poquito antes de tiempo pero afortunadamente sanos, me habían dado un pase VIP al frente de la fila para por fin subirme al carrito que me tocaba y liberar todo tipo de emociones. Tomé mi asiento y comencé a acumular nuevos e inolvidables momentos mientras nos movíamos hacia delante, y los gemelos movían nuestras vidas. Obviamente me aseguré que llevara bien puesto el arnés de seguridad.

Mis hijos ya estaban tomando los primeros respiros y dándole la bienvenida al mundo, mientras yo ya estaba montado en ese carrito que se empezaba a mover hacia la primera y más alta subida para que el viaje comience. Metro a metro que subía, día a día que veía a los gorditos crecer y ponerse cada día más fuertes, yo podía ver a mi lado lo que me esperaba: vueltas de cabeza, noches en vela, infinitos giros en tornillo, pañales qué comprar, colegiaturas qué pagar, subidas, bajadas, momentos increíbles, y momentos difíciles. Sabía que iba a ser el mejor viaje de mi vida, que me iba a cagar de miedo en los calzones pero que todo iba a valer la pena. Llegué a la cima, podía ver todo el horizonte y de repente… aaaaaaaaaaaaaaaaaaahhhhh. El mejor viaje de mi vida comenzó.

La paternidad es esa montaña rusa que te pone de cabeza, te da vueltas y te avienta de lado a lado como muñeco de trapo, pero que cuando acaba corres a toda velocidad a formarte en la fila para vivir de nuevo cada momento, vuelta y giro de cabeza. Por eso no hay que tener miedo y hay que subirse cuántas veces podamos. Cada vuelta que damos en la montaña rusa de nuestros hijos cada vuelta y día que aprendemos a ser papás. En mi opinión, no nos hacemos papás cuando nacen nuestros hijos, cada día, vuelta y momento que pasamos con ellos nos hacen crecer como personas y vamos aprendiendo a ser papás. Ser papá se gana y se trabaja, tener hijos cualquier hombre lo puede hacer. El chiste es subirse, abrocharse el cinturón y levantar las manos desde la primera caída a gran velocidad. Hay que disfrutar este gran viaje de ser papáaaaaaaaahhh!!!

El día que los gemelos se escaparon de sus cunas

El día más temido de todo papá, aparte del pañal explosivo en la cara, llegó a mi casa. Los gordos descubrieron cómo brincarse de cuna en cuna, y por ende, cómo salirse de sus cunas. No es que no tenían ni la fuerza, ni la estatura para hacerlo antes, solo que hubo un pequeño detalle esa mañana que hizo que sus dos neuronas responsables de semejante acto de vandalismo se encontraran y desataran el caos en casa y le digan ba-bay a los barrotes.

Esta historia comienza en una fría mañana de febrero, cuando nos dirigíamos a una fiesta de una amiguita de los gordos en un lugar bajo techo, con tienditas miniatura, un camión miniatura y la infame y responsable alberca de pelotas con resbaladilla incluida.

La infame y responsable alberca de pelotas

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Volar sin hijos, es realmente volar.

Hace unos meses metí mi aplicación de trabajo para FedEx en el área de transporte de gemelos. Estoy seguro me van a dar el trabajo. Mi esposa fue a su natal Monterrey-sn México-sn por una semana-sn, y como ninguna aerolínea deja volar con dos bebés menores de dos años en las piernas, íbamos a tener que comprar otro boleto de avión para uno de los gordos. Y para ahorrarle a mi esposa una inolvidable y gran historia que contar, me fui con ellos.

El vuelo de ida fue bastante bueno, aprendiendo de los dos viajes pasados (uno y dos), empacamos más eficiente y nos movimos más inteligente. Ya no llevamos pañales y juguetes como si en México no existieran, ni tampoco nos aventuramos por el aeropuerto con los gemelos. Las dos pañaleras/mochilas tenían lo esencial para el vuelo, y cuando digo esencial, digo snacks, y miles de calcomanías de todos colores, personajes, tamaños y texturas.

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